Espectáculos

La foto del “pogo más grande del mundo” que asombra a todo el planeta

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Es de la agencia francesa AFP, que estuvo en Olavarría. Asegura que desde el dron se veían 400 mil personas

El baile frenético del “pogo más grande del mundo” ilustra la leyenda del roquero Indio Solari, un fenómeno de masas musical y social que la madrugada del domingo tuvo entre sus fans a dos víctimas mortales.

Un concierto organizado para 155.000 personas terminó en tragedia en Olavarría. “El ‘sold out’ (entradas agotadas) no existe para mi público, van igual al show”, había declarado Carlos Solari, que recientemente anunció que sufre de Parkinson.

Siempre oculto tras unos anteojos estilo John Lennon (pero oscuros), el Indio es un músico de bajo perfil pero adorado como un dios.

Arrastra multitudes estremecedoras que lo siguen adonde quiera que se presente con un fervor cuasi religioso. Una marea humana de 400.000 “ricoteros”

La organización falló. Murieron un hombre de 42 años y otro de 36, víctimas de apretujamientos y avalanchas. Fue delirio y locura.

Pero la euforia juvenil de saltar, empujar, golpear y patear al compás de la música al estilo “punk” tiene un lado siniestro. Todavía hay dos personas en terapia intensiva y se busca a otras 341 que no volvieron a sus casas, según la policía.

“Es un fenómeno de masas, popular, muy difícil de explicar”, dijo una vez el dibujante Rocambole (Ricardo Cohen), quien diseñó algunas tapas de los discos del Indio.

Lejos parecía Solari de pretender adhesión masiva en sus inicios. En la ciudad estudiantil de La Plata fundó el grupo Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota en 1976, en plena dictadura militar. La música era un refugio contra tanto crimen y censura.

Pero lejos de hacer música de protesta, era una banda más bien elitista. Tocaba en recintos cerrados un rock exquisito, con letras surrealistas y casi todas inentendibles desde lo racional, como cierta poesía.

“Hay un nihilismo creativo, afirmativo en sus letras. El mundo se vino abajo, pero todavía queda la potencia del deseo del ser humano para transformar la realidad con su trabajo intelectual”, escribió el filósofo Pablo Cillo en su obra “Filosofía Ricotera, Tics de la Revolución”.

Con los años, los fanáticos “ricoteros” comenzaron a llenar estadios, aunque nunca sobrepasaban las 40.000 personas, y en 2001 se disolvieron los “Redonditos” por peleas internas.

Pero pronto volvieron las denominadas “misas ricoteras”, un ritual pagano. Una concelebración del rock y del ídolo cuya voz fue premiada como la mejor con el prestigioso premio Konex de platino en 2015.

Solari creó la banda Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado. Los conciertos empezaron a parecerse a las manifestaciones del peronismo, el partido popular y obrero por excelencia en Argentina.

Masivas migraciones de gente atraviesan el país, e incluso acuden de países fronterizos, para asistir a megaconciertos en autódromos o predios feriales.

Pero Solari no es un cantante de protesta. No concede entrevistas, salvo excepciones. Se produce a sí mismo. Rechaza las discográficas. Vive recluido en un caserón de un barrio de clase media alta de la periferia oeste de la capital argentina.

Tiene una mujer y un hijo a quienes nadie reconocería por la calle. No concurre a eventos. Es más bien fóbico. Habla pausadamente y no parece ni un líder carismático ni un “rockstar”. Pero tiene centenares de miles de seguidores en un país de 42 millones de personas.

“Hay una buena cantidad de gente que nos sigue que vive en barrios desangelados”, dijo una vez Solari.

Hace unos años rompió el “cono del silencio” para expresar una simpatía por la expresidenta peronista de centroizquierda Cristina Kirchner (2007-2015). Pero sin estridencia y sin concurrir a ningún acto.
Su eléctrico tema “Ji ji ji” es el que desata “el mayor pogo del mundo”. Esta vez la fiesta se arruinó.

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