Las Flores
Esa frase que se escucha: «A mi no me importa, yo trabajo»
En las últimas semanas se repite una imagen que preocupa: Quiebre de empresas, aumentos de las facturas de los servicios. No es solo una sensación local. En distintas ciudades del país se acumulan cierres, despidos y suspensiones. Lo que empezó como un goteo terminó configurando un escenario más profundo.
Los números acompañan esa percepción. Según el INDEC, la actividad industrial viene golpeada y la manufactura mostró caídas interanuales en varios meses recientes, afectando especialmente a sectores vinculados al consumo interno. Cuando la industria se frena, el impacto no queda en la fábrica: se traslada al comercio, a los servicios y, finalmente, al empleo.
El sector lácteo es un ejemplo concreto. Empresas históricas como Lácteos Verónica atravesaron paralizaciones en sus plantas con cientos de trabajadores afectados, y firmas como Alimentos Refrigerados S.A. (ARSA) y La Suipachense cerraron sus puertas dejando a cientos de familias sin ingreso. No son casos aislados: son síntomas de una cadena que se debilita.
A veces creemos que el desempleo es algo que les pasa a otros. Que si uno es profesional, tiene oficio o es emprendedor, está a salvo. Pero incluso quien se autosustenta depende de algo básico: que haya alguien del otro lado con capacidad de consumo. ¿A quién le vende su trabajo un carpintero, un diseñador o alguien que produce alimentos artesanales si cada vez hay menos gente con plata en el bolsillo? Tal vez el impacto todavía no se sienta con toda su fuerza en todos los sectores, pero cuando cae el poder adquisitivo, tarde o temprano la ola llega.
En ese contexto, hablar de “libertad” en abstracto mientras crece el desempleo suena desconectado de la realidad. Con un mercado laboral saturado, la negociación entre trabajador y empleador deja de ser equilibrada. Y si además se modifican las reglas laborales debilitando protecciones históricas, el resultado no es más justicia ni más dinamismo: es mayor vulnerabilidad para quien necesita trabajar para vivir.
No se trata de catastrofismo, sino de advertencia. Cuando se deterioran el trabajo y el consumo al mismo tiempo, el problema no es individual, es sistémico. Y pensar que “a mí no me va a tocar” , «a mi no me importa, yo trabajo», puede ser el primer error en un proceso que, lentamente, empieza a alcanzar a todos
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